Los números me perseguían; límites, derivadas, integrales, cónicas, volúmenes, áreas, etc. Todos estos conceptos golpeaban en mi cabeza, pero yo solo permitía entrar partes pequeñas –demasiado pequeñas- de cada concepto, claro, mi cabeza se volvió un ocho, era mucha información la que me lanzaban mis profesores de física, cálculo, programación, etc. Era imposible digerir toda esa información, era absurdo, como pretendían meterme a la fuerza los miles de conceptos matemáticos en solo tres meses y medio. Los primeros quince días le metí toda la ficha al estudio, pero cuando apenas comenzaba a comprender que significaba un valor absoluto, por otro lado me aparecían más conceptos, tenía que comprender que era un algoritmo, también me ponían analizar velocidades contra aceleraciones en un objeto cualquiera, como olvidarlo, tenía que comprender que eran funciones trigonométricas, esto era primordial entenderlo a la perfección, ya que sino se entendía, uno quedaba volando frente a todas las materias, este tema era base de casi todo, pero efectivamente nunca lo entendí.
Cada clase nueva que tenía, me volvía más loco, no sabía que hacer, hasta que llegó el día decisivo, el primer parcial, el día de mi prueba. Eran las diez en punto, el profesor de cálculo nada que llegaba, miraba impacientemente los apuntes de mi cuaderno, pero en vez de aclarar dudas lo que hacía era obtener más dudas, cerré el cuaderno y me dije a mi mismo: lo que entendí, lo entendí. El cigarrillo me hace mucho daño, siempre que fumo me mareo, si me paso del límite impuesto por mi cuerpo, me vomito, el caso es que estaba tan nervioso que comencé a fumar como una puta empedernida. El profesor llegó, eran las diez y diez de la mañana, todo el mundo estaba organizado en sus puestos, el profesor entregó el cuestionario del examen, comencé a desarrollar los ejercicios, algunas cosas las sabía, otras las dudaba y otras, ni puta idea – quiero advertir que eran más las cosas que dudaba y que ni idea-, el caso es que el efecto del cigarrillo se me hizo presente, los numeritos los veía torcerse, caminaban, se me cambiaban de sitio, mejor dicho estaba mareado. El tiempo finalizó, mi examen estaba todo borroneado, eran tantas las dudas que tenía que tuve que borrar mucho. Los resultados llegaron a los ocho días, era un número, dos coma cuatro, efectivamente lo había perdido. Fue un golpe imposible de asimilar, me eché a las petacas en todas las materias, mis notas daban pena, éstas oscilaban entre dos y tres y una que otra vez estaban debajo de dos, lo único que me subía el ánimo era un amigo al que le decíamos Atila, el rey de los Hunos.
Académicamente mis logros eran insatisfactorios, espiritualmente estaba vuelto nada, me sentía todo un bueno para nada. Por mi cabeza pasaban muchas cosas, además de números, de la nada, mi cabeza sacó la idea mas absurda que se puede escuchar en la vida, volarme, pero ¿a dónde?, a Capurganá. Tal vez por la presión académica, por la presión de mi familia, por la presión de la vida, finalmente decidí irme para Capurganá. Que idea más absurda, soñaba con llegar a la playa, hacer mi rancho y fumar marihuana de por vida, y si me aburría de este plan, pues tenía un as bajo la manga, se suponía que iba a comprar dos cajas de tryptanol para comerme todas las pastillitas que iban dentro de éstas –esto es una pastillita y su función es ser un antidepresivo-, se supone que al comerse una pastillita uno se calma, al comerse dos se duerme y al comerse 40 se muere. Claro, si todo me salía mal, pues me comía todas estas pastillitas y dejaba de sufrir esta vida.
Un sábado, no recuerdo la fecha exacta, salí de mi casa con mi maleta, dentro de esta llevaba comida, algo de ropa, unos anillos de mi mamá y cien mil pesos. Primero me dirigí a un sitio de esos donde se empeñan objetos. Como es lógico, empeñé los anillos de mi mamá, me dieron por estos ochenta mil pesos. Luego me dirigí a una peluquería, decidí raparme la cabeza. El peluquero me preguntó si estaba seguro de quitarme las mechas – las tenía bastante largas- y sin dudarlo le dije que si, y volvió a preguntarme el señor, porque me quería rapar, al momento le respondí, que lo hacía para que no me reconocieran, desde ahí la conversación paró, él simplemente cumplió su trabajo, le pagué dos mil pesos y me largué. Cogí un taxi hacia la terminal de buses, gasté tres mil pesos en el taxi, luego sin dudarlo, gasté cuarenta mil pesos en la flota hacia Medellín.
En el transcurso del viaje me arrepentí de lo que estaba haciendo, quería bajarme de la flota, pero era ya muy de noche y no podía bajarme en plena carretera, entonces decidí que al llegar a Medellín, me devolvía para Bogotá. Al lado mío iba una muchacha bastante conversadora, hablaba hasta por los codos, en realidad no le estaba poniendo atención, yo movía mi cabeza afirmativamente y le decía aja, pero realmente estaba envuelto entre mis pensamientos exactos, los cuales me decían que la estaba cagando. En toda la noche no pude dormir, los números se apoderaban de mi mente. Por fin amaneció, la flota llegaba a un pueblo bastante grande, parecía casi una ciudad. Efectivamente era una ciudad en la cual la flota paró, me bajé sin saber exactamente donde me encontraba, hasta que por fin escuché una voz que decía, bienvenidos a la ciudad de la eterna primavera. Había llegado a Medellín, mis pensamientos otra vez no tenían respuesta, el algoritmo que me había planteado en la flota, ya no me parecía la salida, entonces sin pestañear decidí caminar.
Caminé durante una hora, por un camino que había recorrido antes en mi vida, durante el camino, mis pensamientos volvieron a ser exactos, no estaba pensando en nada, de repente frente a mi, apareció el estadio de Medellín, el Atanasio Girardot, por un momento la depresión de mi vida desapareció. Ese domingo jugaba el equipo de mi alma, el verde, Atlético Nacional, único campeón de la copa libertadores en Colombia. Sin pensarlo dos veces me dirigí a la taquilla, estaba cerrada, claro, eran las nueve de la mañana y el partido comenzaba a las tres y media de la tarde, entonces supuse que la taquilla la habrían a las doce del día. Mientras tanto abrí la maleta y me comí una salchicha, pero al abrir la maleta que grande sorpresa, la camisa de mi equipo estaba allí, en aquel momento pensé, todo lo había planeado desde el sábado, pero mi conciencia, que estuvo molestándome en todo el viaje, me había echo olvidarme de los planes que tenía en mente.
Eran las tres y media de la tarde, (cinco mil pesos de mi bolsillo habían desaparecido gracias a la boleta). Me encontraba dentro del estadio viendo jugar a mi equipo frente al Bucaramanga. En los primeros quince minutos todo era alegría, hasta que llegó el gol de Bucaramanga, todos los pensamientos de la noche anterior volvieron a mi, ¿qué iba a ser de mi vida?, no sabía. Por primera vez el fútbol no me llamaba la atención, estuve totalmente desconectado del mundo mientras pasaba el partido. Al finalizar el cotejo futbolero, observé el tablero electrónico, mi equipo había perdido uno a cero. Todo me estaba saliendo al revés.
Salí del estadio, y volví a tomar el camino por el que había llegado, el camino que se me hacía cada vez más conocido. Esta vez durante la caminata pensé, pero en negro, mi vida estaba llena de sombras, llena de sin salidas, repleta de oscuras funciones trigonométricas. No sabía que hacer. Caminé durante una hora y media, hasta que por fin llegué a la terminal de buses. Mis pensamientos se esclarecieron, pude encontrar una salida. Me dirigí a comprar el pasaje hacia mi destino, éste me costó cuarenta mil pesos, lo único malo era que la flota salía a las once de la noche, y hasta ahora eran las siete y media. Estaba muy ansioso por llegar a Turbo, embarcarme después en una lancha, para finalizar mi travesía en Capurganá.
Desde las siete y media, hasta las once, estuve en la terminal de Medellín. A las ocho exactas, mi estómago hizo reflexionar mi cabeza, tenía demasiada hambre. Saqué de mi maleta unas tajadas de queso de doble crema, olían a algo inmundo estas tajadas (estos pedazos de queso, llevaban ya casi dos días en la maleta, era bastante obvio que comenzaran a podrirse). Dudé en un instante, en si me debía comerme estas tajadas de queso; pero mi hambre era voraz, terminé comiendo. Un hombre de piel morena tirando a negro, se me acercó, eso si, el tipo cojeaba demasiado, se sentó al lado mío y, sin vacilar me pidió un poquito de queso. Mi personalidad tiene un matiz de tacaño, pero en ese momento realmente vi una cara humana llena de sufrimiento (cara de hambre, de dolor, de odio, de incertidumbre, etc.). Sin pensarlo, le regalé a este hombre los pedazos de queso que me quedaban. El hombre quedo muy agradecido conmigo, fue tan grande su agradecimiento, que terminó revelándome una parte de su vida, exactamente la última.
Era un día lluvioso, mi familia y yo, estábamos celebrando el cumpleaños de mi hija, de repente unas personas entraron en la finca del patrón (finca ubicada en las cercanías de turbo), salí de la casa para ir a preguntarles a estos individuos que querían, estas personas me dijeron que pertenecían al grupo guerrillero de las FARC y que necesitaban gasas -estaban vestidos de civiles-, sin pensarlo dos veces se las di; los guerrilleros al momento desaparecieron entre la espesa selva. Pasaron cuatro días después de este hecho, me encontraba en la finca cultivando unos plátanos, de repente sentí un golpe en la cabeza, perdí el conocimiento. Desperté dentro de la casa y me encontraba amarrado a una silla, al lado mío estaban mi esposa y mi hija muertas, cada una con una bala en la cabeza, no soporté ver estas imágenes, era algo horripilante, al frente mío habían unos militares con brazaletes de las AUC, éstos cuando se dieron cuenta de que había despertado, comenzaron a golpearme todo el cuerpo, en especial las piernas, fue un minuto de constante dolor, un minuto infinito, un minuto interminable, por fin disminuyó la lluvia de golpes, los paramilitares me dijeron de una manera muy irónica que les caía muy bien y que por eso me perdonaban la vida, pero con una condición, me tenía que ir en menos de ocho horas de la supuesta zona que ellos manejaban; fue cuando comprendí mi entrada al club de los desplazados de Colombia, y todo por regalar unas gasas. Ahora estoy aquí, -sin saber que rumbo debo coger para hacer una nueva vida- contándole mi historia. Una historia con un solo interrogante, ¿quien fue el sapo que destrozó mi vida?
Faltaban quince para las once, la historia de este desplazado había terminado, cada detalle hablado por este señor, era la descripción más perfecta que había escuchado de un relato de la guerra, gracias al relato del señor, quedé emparamado de su dolor y tristeza. Había llegado la hora, tenía que partir, me despedí del sujeto, éste me volvió agradecer por el pedazo de queso y me deseó mucha suerte, suerte que realmente tuve en todo mi viaje. Dentro de la flota empecé a llorar, sabía que mi vida había de cambiar, todos los pensamientos sobre mi futuro se me aclararon, la muerte era algo inminente. La flota llevaba quince minutos de recorrido cuando quedé totalmente profundo, estaba sumido en un sueño abrumador.
El chofer de la flota me despertó, habíamos llegado a Turbo, eran las nueve en punto de la mañana, me bajé de la flota sin saber exactamente donde me encontraba, de pronto la memoria se introdujo en mi; tenía que ir a la terminal de lanchas a averiguar el pasaje a Capurganá, la información que me dieron era que solo salía una lancha al día al origen de mi final (Capurganá), y salía a las ocho en punto de la mañana –tenía que dormir una noche en turbo-. No supe que hacer, entonces fue cuando se me vino la idea brillante de preguntar el valor del pasaje a Capurganá, costaba noventa mil pesos, miré la billetera y justamente tenía los noventa. Si me iba para Capurganá, la muerte me estaría esperando, entonces por fin recapacité en todo lo que llevaba del viaje, me quería devolver para Bogotá. Sin titubear lo hice. Me devolví a la terminal de buses, y me monté en la primera flota hacia Medellín. Logré llegar a Bogotá sin ningún percance en el recorrido. Pero volvieron mis miedos a la cabeza, con que cara iba a llegar a donde mis padres. El miedo me acogió, el plan t se me vino a la cabeza, las pastillas de tryptanol; miré en la maleta y me di cuenta de que nunca las había comprado, no tenía ninguna pastilla, me dirigí a la primera droguería a la vista, pedí una caja de tryptanol, esta valía treinta mil pesos, yo solo tenía diez mil, comprendí que al devolverme a Bogotá me estaba alejando de la muerte, entonces decidí vivir. Fui en busca del regaño de mis padres.
miércoles, 28 de mayo de 2008
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1 comentario:
se acuerda de mí? yo sí de usted...
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